lunes, 1 de marzo de 2010

Esperanza y Nostalgia

Si bien eran hermanas, no podría ahora mismo poner un ejemplo de dos personas más diferentes entre sí que Esperanza y Nostalgia. Pero en su pueblo, asiduo de rumores, bien que las confundían, dándole a la una lo que, por derecho, era de la otra, y viceversa.


Era el pueblo rico en inventiva y otros bienes intangibles, aunque pobre en presupuesto secular y demás mundanidades. Y no faltaban en él poetas, cantantes, bufones, filósofos, intelectuales, borrachos, cuentacuentos, correveidiles y una gran fauna de amiguetes, colegas, vecinos y conocidos de diferente graduación, dispuestos a alzar a hombros a Esperanza a la mínima ocasión en que alguien quisiera (o sencillamente no pudiera evitar) escucharles, mientras en su agasajo irresponsable pisoteaban a la pobre Nostalgia, que se quedaba siempre rezagada en la cuneta con una inmerecida mancha escarlata en sus mejillas.


Era Esperanza alta y frondosa, de tez clara y ojos verdes cristalinos, y se movía como a saltitos, como si flotara un milímetro por encima del suelo, como se moverían las corcheas y las fusas de un arpa que estuviera siendo tocada por una pluma de cisne. Pizpireta y revoltosa, estaba siempre en todas partes, y gustaba de hablar, de hablar mucho, y de prometerlo todo. Llegaba un momento en que uno ya no sabía si Esperanza le había prometido una cosa o la contraria, y si no fuera porque todo hombre, mujer, niño, animal o cosa que hablara con Esperanza se quedaba embobado perdiéndose en el horizonte indefinido de sus ojos verdes, seguramente se daría cuenta de que Esperanza le había prometido las dos, la cosa y su contraria, y que en definitiva había estado todo el tiempo parloteando sobre lo que su cándido interlocutor quería escuchar, sin importarle lo más mínimo, siendo como era de natural irresponsable y ubicua, qué pudiera ser probable y qué no. De no haber sido por el encanto espontáneo y casi atávico de Esperanza, por sus cabellos dorados y suaves, algo felinos, que parecían atrapar en ellos todo pesar de alrededor y digerirlo, por su sonrisa segura que lo confirmaba todo, por el tul pegajoso de sus promesas y la dulzura irresistible, como de posos de melaza en el fondo de un oasis, de sus afirmaciones, nadie habría creído ni una sola palabra de las que salían de su boca. Pero ¡ay!, si algo sabía hacer bien Esperanza era precisamente eso, hacer bien. Un bien inmediato e incuestionable, impermeable por completo a cualquier avatar de la vida.


Nostalgia, en cambio, si bien había también heredado una parte de la dulzura que tenía su hermana, era más sólida, menos transparente, un poco más áspera, aunque sólo un poco, como la lengua de un gato, que uno no sabe muy bien si le acaricia o le raspa. Nostalgia, desde luego, no flotaba cuando se movía. Arrastraba un poco los pies, como si se hubiera olvidado algo atrás y no tuviera claro del todo si seguir avanzando o no. A pesar de ser más alta que su hermana, no lo parecía por caminar encorvada. Su pelo, castaño sin más, sin reflejos ni dorados ni brillos, era liso, bueno, más que liso, parecía recto, plano como el mundo. Y pocas veces nadie se fijaba en que su pelo nunca estaba quieto, sino que se balanceaba imperceptiblemente con una cadencia minúscula y constante, como si mil mariposas enanas invisibles lo alborotaran con alitas diminutas. Nostalgia hablaba mucho menos que su hermana, aunque eso no era difícil, y miraba más. Miraba mucho, muchisísimo más. Mientras Esperanza sólo era capaz de clavar sus ojos en los ojos de los demás, reflejando sus miradas infinitamente como si alguien hubiera colocado dos espejos el uno frente al otro, Nostalgia clavaba sus ojos en todas las cosas que encontraba, especialmente en las que no eran otros ojos. Se pasaba las horas mirando, mirando y arrastrando los pies como sin querer avanzar, pero mirando hacia delante, como si quisiera al mismo tiempo retroceder con los pies y avanzar con la mirada. Uno de los intelectuales del pueblo, un día que las hermanas paseaban juntas por la plaza, dio por fijarse en Nostalgia en lugar de en Esperanza, y dijo que parecía que la Nostalgia andaba intentando comerse con los ojos lo que tenía delante para escupirlo con los pies hacia detrás. Fue el único comentario que alguien del pueblo hizo jamás sobre Nostalgia.


Lo realmente bueno de Esperanza era que nunca estaba libre y eso me dejó todo el tiempo del mundo para conocer mejor a su hermana. Y me di cuenta de que Nostalgia era hermosa en su silencio algo tristón pero ambicioso, en la curvatura humilde de su espalda, en su arrastrar de pies autodisciplinario y su mirada vehemente hambrienta de las cosas. Era la viva imagen de lo real.


Me di cuenta, o me la dieron, de que con Esperanza uno creía que podía tenerlo todo, pero era estando con Nostalgia cuando realmente era dueño de las cosas, porque andaba ansiando tener algo detrás que poder echar de menos para volverlo a buscar más adelante.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha gustado mucho, sobretodo que ya van tres dias con sorpresa en el blog despues de una sequia. Me he encontrado estas frases y la verdad no sé con cual quedarme.

Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano.
Martin Luther King

La esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre.
Friedrich Nietzsche

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió.
Joaquín Sabina

Creo que soy de los confunden a las dos hermanas....

Verónica (peke) dijo...

Echar de menos va unido a la Nostalgia y mirar hacia el frente va unido a la Esperanza, a que vas unida tú???

besotes de esta peke.

pd. te espero por mi rincon con tu taza de cafe caliente, siempre que quieras...

 
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