Querida compañera:
Pensarás que soy muy joven para escribirte, pero nadie mejor que tú sabe que tengo más años a mi espalda de los que celebro en cada cumpleaños, y hoy y ahora es tan buen momento para escribirte como cualquier otro, porque en tu transcurrir incesantemente finito todos los momentos (por mucho que nosotros nos empeñemos en diferenciarlos) son fraternalmente iguales.
Tengo algo muy importante que decirte, a ti y a todas las que, por convergencia, transversalidad o tangencia, compartan este momento único y repetible.
No necesito pararme a observar mucho tiempo al “olmo viejo herido por el rayo y en su mitad podrido” y al junco inquebrantable que, doblado a ras del suelo pero clavado sin remedio a tierra firme es azotado por el viento, para comprender tu mensaje.
He luchado con armas inimaginables para alcanzar mis objetivos, me he dejado el corazón en mi gente, la piel en el trabajo, las uñas y los dientes en cada ilusión pueril o sensata que he cultivado. Y lo he conseguido.
Pero también he perdido batallas épicas. He sido testigo impotente de cómo mi infancia se diluía en una amargura psicóticamente cotidiana y he tenido que bebérmela entre la risa y el espanto, he visto enfermar o morir a demasiados de los míos (aunque ya sé que sólo uno es demasiado), he dejado atrás tanto camino que si quisiera recorrerlo de vuelta nunca llegaría (es lo que pasa cuando uno deja abiertas demasiadas puertas, la corriente de viento que se crea acaba por cerrarlas de un portazo).
Eso tan importante que quiero decir es que me rindo. Me rindo absolutamente a ti. Y rendirme significa, yo lo sé y tú lo sabes, resignarme a luchar constantemente, a sufrir con cada lucha, a disfrutar cada victoria, a aceptar cada derrota, a llorar y a extrañar todas las pérdidas y a tener la certeza, total, inmensa e irrenunciable, de que tú, con toda la ambrosía y el azufre que digieres, vales la pena.

